Les Couchers du Soleil

Glen Rubsamen, 2005

Acrílico sobre lino, 220 x 170 cm.

El artista dibuja tres palmeras, tomadas desde un punto de vista bajo, que se levantan ante una puesta de sol. El color anaranjado- rosáceo del cielo inunda casi la totalidad del cuadro y las tres palmeras muestran sus siluetas negras en contraste con el color del la luz.

La fuerza del color y la intensidad del contraste nos lleva a una dimension de naturaleza total, que pero se interrumpe de improviso en la zona inferior con la aparicion de una farola.

Ante obras como Les couchers de soleil  el espectador toma conciencia de que nada de lo que le rodea puede ser tomado como certero. El artista nos recuerda, sin embargo, de la pérdida de la Naturaleza, que pero no significa el final de la belleza natural. De hecho, pueden aparecer inimaginables formas de lo bello en la polución o en los elementos artificiales.

Glen Rubsamen:

Estudió en UCLA, donde recibió su Maestría. En la actualidad vive y trabaja en Düsseldorf, Alemania.

“Mis investigaciones pictóricas se caracterizan por un interés en la recopilación documental, como el coleccionismo, de las situaciones en la naturaleza de gran intensidad dramática, tales como los amaneceres y puestas de sol, vegetación exuberante o imágenes del Apocalipsis. Trabajo principalmente como pintor, pero también con el dibujo y el grabado. Trato de aislar la idea de una “post-naturaleza” definida como un lugar donde el espacio se está reduciendo. Los objetos en el paisaje no desempeñan ningún papel, no tienen memoria, simplemente dar testimonio durante un viaje”.

Estas características que él define de su trabajo, combinadas con la ausencia de una presencia humana, la tendencia a blanco y negro y la falta de referencias espaciales y temporales ayudan a crear una atmósfera cargada de tranquilidad y espiritualidad austera. Pinta una naturaleza donde lo orgánico aparece en las imágenes artificiales.

Su apariencia exterior es de fotografías, a modo de grandes postales de paisajes a contraluz con un punto casi kitsch, que pronto se revelan como pinturas. Superado el primer engaño, se percibe una serie con leves variaciones: elementos naturales tales como grandes plantas (palmeras, coníferas, enormes arbustos y cactus), propias del paisaje costero de California, se reúnen con elementos no naturales que se cruzan en el camino vertical, apéndices de la tele-sociedad de consumo tales como antenas, farolas, semáforos o cámaras de vigilancia.

Mirando más de cerca se ve la simplicidad de una pintura basada en el color que, con la excusa del contraluz, rellena unas figuras recortadas, siempre ensombrecidas y planas, sobre atardeceres que son una sencilla gradación cromática. El efecto verista funciona pero, tras desprenderse de él, las tan figurativas estampas se tornan abstractas. Sobre todo al caer en la cuenta de que tales vistas son imposibles, de que estamos ante paisajes mentales en los que, como si se tratara de una edición construida por ordenador, elementos que nunca estuvieron juntos se presentan unidos por la coartada del ocaso y sus penumbras. Cuando uno vuelve a mirar, la obra ha vuelto a cambiar y aparece la idea. Todas estas representaciones, sólo posibles en una pintura que emplea el carril de la abstracción, expresan una posibilidad de representación del concepto de no-lugar como paisaje. Un trampantojo en espiral que va despertando la mirada desde el cliché a la reflexión sobre las nuevas mutaciones de lo idílico, sobre ese paraíso violado cuya comprensión y representación permite entender al hombre que lo ha creado y lo habita.

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